El peso invisible de los cuidados: cuando la dependencia sigue teniendo rostro de mujer
A tan solo tres días de la celebración del Día Internacional de la Mujer, es necesario recordar el trabajo no remunerado pero continuo, intenso e incesante a lo largo de los días, semanas, meses, años, que realizan las mujeres en torno a los cuidados de personas con discapacidad o dependencia.
En España, los cuidados de personas dependientes recaen en un 87,9% de mujeres no profesionales frente al 12,1% de los hombres. Un porcentaje extraído de los estudios realizados por la Universidad Carlos III que estima que el rango de edad de estas mujeres estaría entre los 45 y 64 años.
Además, hay diferencias evidentes en quién cuida dentro de la familia: un 27,3% de los cuidados los realizan hijas frente a 13,3% de hijos; y cuando se trata de los progenitores; un 16,6% lo hace la madre frente a solo 1,9% el padre.
Queda patente la feminización de los cuidados que tiene lugar en la mayoría de los núcleos familiares. Tanto el cuidado informal como el formal practicado por profesionales está muy feminizado. Esta situación se explica a través de factores históricos, sociales y económicos.
Históricamente, durante siglos se ha establecido una división social del trabajo: el hombre se encargaba del trabajo productivo y remunerado que se realiza fuera del hogar, mientras que en las mujeres recaía el trabajo reproductivo y doméstico, y, por tanto, dentro del seno familiar.
Además, cultural y socialmente, se ha construido el ‘rol de la cuidadora’ ya que se vincula a las mujeres características como la empatía, la capacidad de cuidado o la responsabilidad familiar. Estas ideas se han ido perpetuando a través de la educación, la religión y las normas sociales, reforzando la idea de que cuidar es algo ‘innato y natural’ de las mujeres.
Seguimos sumando porque a todo esto se añaden las desigualdades presentes en el mercado laboral: las mujeres han tenido y tienen una menor participación en el empleo, sufren más trabajos a tiempo parcial y se le asignan salarios más bajos. Estos motivos han hecho decantar la balanza en esta feminización ya que las familias consideran ‘más viable’ que sea la mujer la que abandone o reduzca su jornada laboral con el objetivo de encargarse de estos cuidados.
Vemos que actualmente, la responsabilidad de los cuidados sigue recayendo en las mujeres, cuidan más y, además, se espera socialmente que lo hagan.
Impacto del cuidado en la salud y economía de las mujeres
Diversos estudios muestran que asumir el cuidado prolongado de personas dependientes tiene efectos significativos en la vida de las cuidadoras. A nivel físico y mental, suelen experimentar más estrés crónico, ansiedad o depresión, fatiga y problemas musculares, y aislamiento social.
Según el IMSERSO, alrededor del 50% de las personas cuidadoras informales declara que su salud se ha deteriorado debido al cuidado.
Además, el fenómeno conocido como “síndrome del cuidador quemado” (burnout del cuidador) es relativamente frecuente cuando el cuidado es intensivo y prolongado.
A nivel económico y laboral, las mujeres tienden a reducir su jornada laboral y renunciar a promociones en el trabajo. Esto supone trayectorias laborales más cortas, que conllevan una menor cotización que repercute en la cuantía que reciben como pensión en su jubilación, según datos extraídos del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO) y del Instituto Nacional de Estadística (INE).
A pesar de que muchos países europeos intentan reducir la desigualdad en el reparto del cuidado mediante distintas políticas públicas, el problema es que quienes más usan estas medidas siguen siendo mujeres.
Diferencia de horas de trabajo no remunerado
El trabajo no remunerado incluye cuidar niños, mayores o personas dependientes, cocinar, limpiar, gestionar el hogar o ayudar a familiares. Según encuestas de uso del tiempo, en Europa las mujeres dedican 262 minutos al día (4 horas y 22 minutos) por los 141 (2 horas y 21 minutos) que dedican los hombres. Esto supone casi el doble de tiempo invertido en tareas domésticas y de cuidados
Si extrapolamos estos datos a un período semanal, las mujeres hacen una jornada laboral extra cada semana en trabajo no pagado, 30 horas por las 16 horas de los hombres. Estas cifras vienen a confirmar los efectos anteriormente mencionados: más fatiga y más estrés, dificultades para desarrollar carreras profesionales y una patente disminución del tiempo libre.
Los datos muestran que la desigualdad en los cuidados no solo aparece en quién cuida a personas dependientes, sino también en el reparto cotidiano de tareas domésticas y de cuidado. Las mujeres realizan entre 1,5 y 2 veces más trabajo no remunerado que los hombres en la mayoría de países europeos.
Si el trabajo doméstico y de cuidados se pagara como un empleo, podría equivaler a entre el 10% y el 30% del PIB de muchos países, y la mayor parte de ese valor económico lo generan las mujeres.
Ante estos datos, resulta evidente que el sistema de cuidados sigue sosteniéndose, en gran medida, sobre el tiempo, la salud y las oportunidades de millones de mujeres. Un trabajo imprescindible para el funcionamiento de la sociedad y de la economía que, sin embargo, continúa siendo invisible, poco reconocido y escasamente repartido.
Reconocer el valor de los cuidados implica algo más que visibilizarlos: supone avanzar hacia una corresponsabilidad real entre hombres y mujeres, reforzar los sistemas públicos de atención a la dependencia y garantizar que cuidar no signifique renunciar a la salud, al empleo o al proyecto de vida propio.
A pocos días del Día Internacional de la Mujer, conviene recordar que la igualdad también pasa por transformar la organización social de los cuidados. Mientras cuidar siga siendo una responsabilidad que recae mayoritariamente sobre las mujeres, la igualdad plena seguirá siendo una tarea pendiente.
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